Tal vez te resulte extraña esta carta... lo es. Deben ser ya las dos o las tres de la madrugada, no lo se con certeza, he desconectado todos los relojes para que no pase el tiempo mientras te escribo esta epístola.
Estoy desvelado... casi hipnotizado por el traqueteo acompasado de una cama en el piso superior. Mientras ese sonido se acurruca en mi interior yo intento dejar la mente en blanco para poder dormir, pero no puedo... yo tambien te echo de menos. Echo de menos una mano a la que aferrarme en noches como esta, a la que abrazarme y arrastrar junto a mi pecho para que pueda sentir tan nítidos como yo los latidos de mi corazon; creo que esa mano es la tuya. En la soledad de mi cuarto cierro los ojos e intento vislumbrar tu rostro, pero aún no te conozco, nos podríamos cruzar por la calle o en el metro y no nos reconoceríamos, aunque seguro que nuestros corazones se agitarían al pasar uno al lado del otro... ahora me arrepiento de no caminar oyendo mis latidos por si sin saberlo, me encontrase contigo. Ya te advertí que era un romántico empedernido.
El gruñido pasional de la cama, justo sobre mi cuarto, es ahora más como un jadeo sosegado que va languideciendo, como las aguas de un río cuando se acercan al mar... los momentos de pasión vienen y van ¿no es cierto?, pero al final es el amor lo que siempre queda. Ya es horad de vover a conectar los relojes y regresar a la realidad... tal vez ahora pueda dormir, aunque te siga echando de menos.
Detrás de la puerta
hay una mirada perdida,
un ser y no serás...
hay un lado oscuro,
una palabra rota,
un silencio mudo,
la manzana mordida
y la boca muerta.
Pero hay algo más:
una corta despedida
lanzada frente a una escuela,
un largo saludo,
y detrás la puerta.