De cómo lo cotidiano supera las ideas preconcebidas
Siempre me ha parecido que las plantas nos evocan mensajes que trancienden su realidad de ser vegetal. Las raíces (profundas o superficiales) que son los cimientos de nuestra vida, el tronco (robusto o delgado) de nuestra vida cotidiana, las ramas (fuertes o débiles) que nos comunican con el mundo, los frutos (verdes o maduros) que damos y generan nuevas semillas y las hojas (grandes o pequeñas) que hacen respirar. De todas las evocaciones que nos provocaban las plantas, me quedo finalmente con una. Son el ser vivo que demuestra más la unión entre lo divino y lo terrenal. Las plantas miran a Dios, miran a luz para poder crecer e incluso retuercen su tronco, por fuerte que parezca, para poder captarla. Pero también miran a lo terrenal, incluso a lo que los demás rechazan, a lo podrido, a los residuos, a los abonos, para poder alimentarse. Sin la combinación de ambas circunstancias, el árbol se pudre, se seca y se muere. Normalmente nos gusta dirigirnos a nuestra idea de luz, a ser los más grandes, a sentirnos autorrealizados, al éxito y la gloria, a la perfección, a ser las mejores personas, a que nos respeten, a sentirnos queridos por quienes nos rodean... Sin esa luz, no merece la pena vivir. Pero nuestras miserias, nuestros límites, las riñas cotidianas, las diferencias de parecer, las tragedias personales o familiares… forman o van a formar parte de nuestra vida. Si no conseguimos transformarlas en abono, nuestro árbol estará condenado a morir. Como los excesos son malos, si uno se centra únicamente en la luz, el árbol acaba pereciendo secado, pero abusar del abono acaba pudriendo la planta. La luz hay que buscarla, pero todos los días sale el sol. Las desgracias vienen solas, no hay que empeñarse en buscarlas. Es por ello que no nacen plantas en el desierto ni tampoco en los vertederos. Pero lo más importante es que las plantas no existen por existir, sino que tienen una función fundamental para seres ajenos a ellos. Si las plantas no existiesen y no realizasen la fotosíntesis no existiría la vida. Es el mejor ejemplo de solidaridad gratuita. En el momento en el que se declaren en huelga estamos condenados a una lenta y desagradable muerte por asfixia. Este fin de semana quisimos regalar a Cris y a Jero por su boda la misma planta de 2005. En Colombia es conocida como “el arbolito de la felicidad”. No me queda sino desearos que vuestra fotosíntesis, vuestro oxigeno, sea la felicidad y que nosotros podamos aportaros oxígeno para haceros más felices. Estamos en el mismo bosque. Muchas gracias por ayudar a que este mundo sea un lugar mucho más respirable. ¡Enhorabuena!
Hace ya casi cuatro años, en la celebración de nuestra boda, Marce y yo regalamos a todos nuestros invitados una pequeña planta /arbolito como símbolo de lo que allí celebrábamos. Durante la boda, quisimos que fuese el símbolo que uniese nuestra alegría con las personas que nos acompañaban, en Bogotá o en la cercana distancia.