Mis cinco segundos de egoísmo
05/10/2007
Una décima de segundo, como en la canción de Antonio Vega, es la que me faltó el otro día para poder coger el metro camino a casa. Al final me quedé con un palmo de narices mientras la puerta se cerraba ante mí. Mi cara de lamento ante el conductor del metro no sirvió para que su corazón se ablandase y me permitiese entrar. Su mirada de desprecio fue la que más me indignó, por lo que un saludo con el dedo corazón en alto emergió, como acto reflejo ante esa cara prepotente. A pesar del cariñoso nombre del dedo en cuestión, su significado, como los besos de Judas, no hacía justicia al nombre de su protagonista.
El ver a otra persona reaccionar con la misma socarronería, me hizo catalogarlo inmediatamente como un egoísta. Total, ¿que supone para él esos cinco segundos (sentidos por mí como una décima) que implican volver a abrir las puertas antes de que el metro se vuelva a poner en marcha?
De todos modos, haciendo un análisis más pausado, me di cuenta que el egoísta era yo. Si tenemos en cuenta los datos proporcionados por el Metro de Madrid, la capacidad de los trenes de metro puede oscilar entre los 490 y los 1.292 viajeros, aunque en hora punta pienso que se pueden llegar a superar. Teniendo en cuenta estos datos, mis cinco segundos de egoísmo suponen entre 2.450 y 6.640 segundos, o lo que es lo mismo, entre casi 41 minutos y 1 hora y 51 minutos a cambio de 4 de espera por mi parte.
De todos modos, no creo que esté dispuesto a perder la oportunidad de que el próximo conductor se apiade de mi esfuerzo en forma de frenética carrera por las escaleras. Creo que las ideas de Adam Smith, acerca de que la búsqueda del propio beneficio es lo que hace que se mueva el mundo, pueden ser adoptadas en este caso como excusa propicia. Además, como normalmente no es sólo uno el que se beneficia, el egoísmo compartido hace que el cargo de conciencia se reduzca.
Si lo anterior no se produce, sólo me quedará el consuelo de encontrarme a aquella chica de la canción de José María Granados, con calcetines blancos y coletas, mientras baje al andén viendo el Metro partir.