De cómo lo cotidiano supera las ideas preconcebidas
Ahora que se habla de los contratos basura y del despido libre, creo que es momento de realmente plantearse a quién benefician los costes altos de despido. Considero que de un estudio sosegado del tema podemos llegar a conclusiones que pueden ser sorprendentes para mucha gente: unos costes altos de despido pueden perjudicar a los buenos trabajadores y unos costes bajos de despido pueden resultar perjudiciales para los empresarios mediocres.
Desde el momento en el que somos contratados de manera indefinida por una empresa en España, siempre va a existir un coste latente para la empresa (actualmente de 45 días por año trabajado), que finalmente se materializará o no, en el caso de que se produzca un despido. Para los trabajadores fijos, el coste latente para la empresa implica un ingreso latente, que únicamente será materializado en el caso de ser despedidos. Esto puede llevar a la paradoja de que a un trabajador a partir de una determinada edad y con ciertos años en una empresa, le resulte más rentable ser despedido que continuar en ella. Esto es una circunstancia que conocen tanto empresario como trabajador y reaccionan en consecuencia:
En el caso del trabajador, siempre existe un coste implícito en el cambio de trabajo, debido al riesgo aparejado al mismo (nuevo ambiente laboral, relaciones sociales diferentes, nuevas tareas y retos…). El riesgo implícito dentro de este cambio se suple habitualmente por una prima o incremento salarial (o condiciones laborales), que proporcione un beneficio superior a sus costes. En el momento en el que un trabajador supera un periodo elevado en una misma empresa, a la prima por el cambio de trabajo se resta la pérdida de la indemnización (o la conocida “antigüedad”) en el caso de ser despedido.
Según van pasando los años, el riesgo al cambio va aumentando (compromisos adquiridos, pago de hipoteca, familia…) y la prima que se tendría que abonar por cambio de trabajo se va incrementando, de manera que será más complicado que la persona se arriesgue a buscar una nueva ocupación. El empresario se puede aprovechar de esta situación, no reconociendo el trabajo realmente realizado por esa persona, ya que se convierte en un “trabajador cautivo”. La contrapartida puede ser la falta de motivación por el trabajador y la pérdida de productividad, con lo que el perjuicio es para ambos. La conclusión es que nos encontramos con un mercado laboral que genera incentivos para la “institucionalización” (palabra en homenaje al personaje de Bruce Wayne en la película “Cadena Perpetua”) y la ineficiencia. Mientras tanto, existe un capital humano que no puede entrar en el mercado, por estar su hueco ocupado y blindado.
Por otro lado, si nos encontramos en la situación totalmente contraria, en la que el coste de despido es cero, la conclusión es que el valor del trabajador es igual a la última nómina que ha cobrado (igual que sucede con los trabajadores autónomos). Esta situación tiene una doble vertiente: por un lado la inseguridad, ya que en el caso de perder tu puesto de trabajo tan sólo te quedaría un reducido subsidio por desempleo, pero por otro lado tienes un incentivo para ir mejorando tu posición. De este modo, tan sólo te quedarás en una empresa en el caso de que ésta te ofrezca una serie de condiciones de desarrollo personal y profesional a largo plazo. Del incremento de valor aparejado a esto se produce un doble beneficio, para el trabajador y para la empresa.
El buen trabajador no perderá el tiempo en un puesto de trabajo que le conduzca una pérdida de su valor en el mercado y por otro lado, reclamará un salario superior por su trabajo que incluya el coste latente anterior, para intentar generar una estructura de previsión o ahorro en caso de que su situación empeore. Del mismo modo, esta situación implicará que el empresario tenga que realizar un esfuerzo extra en convertir su trabajo en atractivo para el buen profesional y asumir dicho coste.
Evidentemente esta situación de inseguridad también puede llevar aparejado una serie de costes tanto para la empresa como para el trabajador, que se puede ver agravada en una situación de incertidumbre como la actual y en la que las elevadas tasas desempleo puedan tener la consecuencia de una serie de abusos al ser tan fácilmente reemplazables.
La conclusión estará posiblemente en un mercado más flexible, en el que el coste del cambio no sea tal que desincentive el desarrollo profesional del buen trabajador y que promueva la inversión de la empresa en sus profesionales, pero que por otro lado puede proporcionar protección a aquellos sectores que puedan ser más vulnerables, como mujeres con hijos o personas de cierta edad. Una posibilidad puede ser la introducción de un coste de despido progresivo, que pueda proteger a aquellas personas que presenten una posición de mayor debilidad, pero que incentive al desarrollo profesional de los más jóvenes.
Evidentemente, este cambio ya no debería afectar a los que han estado jugando con otras reglas, ya que aquí ciertamente se va a perjudicar únicamente al trabajador institucionalizado y se va a beneficiar al empresario mediocre que no ha invertido en su desarrollo laboral
Frente a la dinámica del trabajador fijo nos encontramos con otras dos realidades muy diferentes. Por un lado, la del trabajador temporal, que efectivamente tiene un coste de despido cero y que suspira por entrar en la seguridad del trabajador fijo. Pero por otro lado nos encontramos con la gente que verdaderamente arriesga, por los emprendedores y trabajadores autónomos que si pierden su apuesta laboral lo pierden todo (en ocasiones hasta su patrimonio personal) o por los trabajadores por cuenta ajena que invierten en su futuro y luchan por evolucionar en su puesto de trabajo.
Si realmente tenemos que mirar hacia el futuro con optimismo, son éstas las personas que hay que proteger. Son los que están en mejores condiciones de sacar a España de la crisis.
Siempre me ha parecido que las plantas nos evocan mensajes que trancienden su realidad de ser vegetal. Las raíces (profundas o superficiales) que son los cimientos de nuestra vida, el tronco (robusto o delgado) de nuestra vida cotidiana, las ramas (fuertes o débiles) que nos comunican con el mundo, los frutos (verdes o maduros) que damos y generan nuevas semillas y las hojas (grandes o pequeñas) que hacen respirar. De todas las evocaciones que nos provocaban las plantas, me quedo finalmente con una. Son el ser vivo que demuestra más la unión entre lo divino y lo terrenal. Las plantas miran a Dios, miran a luz para poder crecer e incluso retuercen su tronco, por fuerte que parezca, para poder captarla. Pero también miran a lo terrenal, incluso a lo que los demás rechazan, a lo podrido, a los residuos, a los abonos, para poder alimentarse. Sin la combinación de ambas circunstancias, el árbol se pudre, se seca y se muere. Normalmente nos gusta dirigirnos a nuestra idea de luz, a ser los más grandes, a sentirnos autorrealizados, al éxito y la gloria, a la perfección, a ser las mejores personas, a que nos respeten, a sentirnos queridos por quienes nos rodean... Sin esa luz, no merece la pena vivir. Pero nuestras miserias, nuestros límites, las riñas cotidianas, las diferencias de parecer, las tragedias personales o familiares… forman o van a formar parte de nuestra vida. Si no conseguimos transformarlas en abono, nuestro árbol estará condenado a morir. Como los excesos son malos, si uno se centra únicamente en la luz, el árbol acaba pereciendo secado, pero abusar del abono acaba pudriendo la planta. La luz hay que buscarla, pero todos los días sale el sol. Las desgracias vienen solas, no hay que empeñarse en buscarlas. Es por ello que no nacen plantas en el desierto ni tampoco en los vertederos. Pero lo más importante es que las plantas no existen por existir, sino que tienen una función fundamental para seres ajenos a ellos. Si las plantas no existiesen y no realizasen la fotosíntesis no existiría la vida. Es el mejor ejemplo de solidaridad gratuita. En el momento en el que se declaren en huelga estamos condenados a una lenta y desagradable muerte por asfixia. Este fin de semana quisimos regalar a Cris y a Jero por su boda la misma planta de 2005. En Colombia es conocida como “el arbolito de la felicidad”. No me queda sino desearos que vuestra fotosíntesis, vuestro oxigeno, sea la felicidad y que nosotros podamos aportaros oxígeno para haceros más felices. Estamos en el mismo bosque. Muchas gracias por ayudar a que este mundo sea un lugar mucho más respirable. ¡Enhorabuena!
Hace ya casi cuatro años, en la celebración de nuestra boda, Marce y yo regalamos a todos nuestros invitados una pequeña planta /arbolito como símbolo de lo que allí celebrábamos. Durante la boda, quisimos que fuese el símbolo que uniese nuestra alegría con las personas que nos acompañaban, en Bogotá o en la cercana distancia.
La eliminación de la deducción de vivienda, para que lo entendamos bien, consiste en que a partir de 2011 van a poner un impuesto del 15% sobre la compra de vivienda habitual que queramos realizar. Por tanto, que digan las cosas claras. O te das prisa o te sablean a impuestos. La cuestión es qué van a hacer con ese impuesto, ¿otro plan E(stafa)? ¿o acaso nos van a reducir los impuestos para compensar esta subida?
Si pensamos en un préstamo medio que pueda tener gente de mi generación, 1977, (200.000 Euros y 25 años por pagar y un tipo de interés medio que quede por pagar estimado en 3,50%, que seguro que será más), nos da una letra mensual de unos 900 Euros (según las calculadoras de hipotecas que hay en Internet). Esto implica pagar al año 10.800 Euros de letras. Si las paga sólo una persona se puede desgravar 9.000 Euros, si es entre dos, la totalidad. Si te puedes desgravar los 10.800, todos los años te van a devolver 1.620 Euros. Si eso lo multiplicamos por 25 años, la cantidad es de 40.500 Euros (aunque es cierto que económicamente no vale lo mismo el importe del primer año respecto al 25… salvo en deflación!!!)
Está claro que nos dirán que esa deducción la van a respetar, ya que nos compramos la casa antes de 2011. Eso es correcto. Pero en realidad muchos de nosotros hemos comprado nuestra primera vivienda, generalmente pequeña, con la intención de poder optar a una vivienda más grande si conseguimos que nuestra situación mejore. ¿Qué es lo que va a suceder en el momento en que queramos tener una casa mejor? Que tendremos que renunciar a lo que nos quede por percibir de los 40.500 Euros a los que tenemos derecho y nos tocará empezar a pagar a Hacienda en nuestras declaraciones.
Luego nos intentarán vender la moto de que la deducción es algo que pasa directamente de manos del estado a las constructoras, que son las que al final se llevan la subvención. Eso es falso y se estudia en primero de economía, ya que parte efectivamente implica reducción de precio por parte del vendedor, pero hay otra parte que se la come el comprador. http://www.aulafacil.com/Microeconomia/Lecciones/Lecc-8.htm
De hecho hace unos años la demanda superaba ampliamente a la oferta (y con lo que se denomina una curva de demanda inelástica). Esta rigidez implicaba que el vendedor estaba dispuesto a pagar todo lo que pudiese (y así nos ha ido), los precios subían y el subsidio sí que iba casi íntegramente a manos del vendedor. Queríamos comprar cuanto antes, por la expectativa de subida del precio de los pisos. Como los fumadores, no importa el precio de la cajetilla, sino poder fumar.
En cambio, la situación actual es la contraria. La oferta supera ampliamente a la demanda. La gente no puede comprar pisos. No tiene dinero. Nadie da créditos. Por tanto, los precios tendrían que bajar solos y fuertemente para poder casar con la demanda. Las constructoras tienen prisa por vender los pisos, pero los ciudadanos que tengan capacidad de compra tienen ahora más poder de negociación y son los que se beneficiarían de la deducción… Sin embargo parece que el gobierno quiere ayudar a las inmobiliarias (igual que hace unos años) y perjudicar a ese ciudadano ricachón que apenas supera los 1.000 - 1.200 Euros al mes y se quiere comprar su vivienda habitual, para proteger a la pobre inmobiliaria que quiere sacar su stock de viviendas. Ahora, el malvado ciudadano tendrá que apresurarse y volver a medir sus límites de endeudamiento (si se lo dan los bancos o si su familia le ayudan), para ahorrarse el 15% de las letras que pague.
En cualquier caso, tengo dudas de que hayan analizado bien el asunto. ¿Realmente la gente está esperando a que bajen los precios para comprar o es que no tienen forma de comprar un piso? La deducción es sólo por vivienda habitual, no por inversión, y la gente que quiere una vivienda habitual está con miedo a perder el empleo y sin nadie que financie. No se les está dando una ayuda ahora, sino que se está amenazando con un daño futuro. En cualquier caso, la confianza sigue estando por los suelos y el miedo por las nubes… y sin confianza y con miedo, nadie va a invertir. Si a esto le sumas que con la eliminación de la desgravación consideran que el precio de la vivienda va a bajar, estás invitando a invertir en un bien que se va a depreciar en el entorno de un 10%. Una gran medida para potenciar esa confianza.
Por tanto, a partir de 2011, si cobras más de 17.000 Euros brutos anuales, date por jodido (con 20.500, sólo verías la mitad). Eso equivale a 1.000 Euros netos al mes en 14 pagas, un sueldo que evidentemente te permite comprarte una casa hoy en día (además porque suele estar relacionado con un contrato temporal precario, con el que obviamente te dan la hipoteca sin dudar).
Conclusión: A corto plazo perjuicio para el ciudadano (pierde poder de negociación y compra más caro) y beneficio para las inmobiliarias. Tras 2011, perjuicio para el ciudadano y para las inmobiliarias y constructoras (los pisos son más caros) y beneficios para el gobierno (incremento de la recaudación)Por lo menos, al analizar la medida sé que a mí no me va a beneficiar en nada… No sé si a vosotros lo hará…
Las series de adolescentes están en auge. Más de tres millones de personas (con un share muy elevado entre el público más joven) ven en horario de máxima audiencia la serie de Antena 3 "Física o química". Anteriormente otras series como "Compañeros" o "Al salir de clase" fijaron el camino a seguir. Llegados al final del proceso, en la serie que está actualmente en programación se ha llegado al grado máximo de hormonas desbordadas y tienen una vida sexual activa que podría ser la envidia de muchos adultos.
No es que tenga ningún problema con la vida sexual de estos supuestos adolescentes, pero el problema es ése, que son supuestos. Si nos ponemos a investigar un poco más acerca de los actores protagonistas de este tipo de series, nos encontramos con que rozan (pero por arriba) la veintena. Por tanto, o son un poco zotes o parece que las cosas no cuadran mucho.
La reflexión que se me plantea es si realmente este tipo de series tendrían tanto éxito si cumpliesen con lo que afirman ser su objetivo: reflejar la realidad de nuestra sociedad. ¿Nos resultaría agradable ver a actores de 15 años, con su lindo acné froreciente retozando llenos de felicidad? ¿Moralmente nos agradaría ver ese programa?
Si es que luego nos creemos que la televisión es real y pasa lo que pasa...
Actualmente parece que desayunamos, comemos o cenamos con la palabra crisis. Quizá sea ésta una de las explicaciones por la que el consumo de omeprazol se haya disparado en los últimos meses, y es que las malas noticias siempre tienen un efecto laxante y de acidez estomacal importante.
Que estamos ante una crisis, palabra maldita hasta hace tan sólo unos pocos meses, es algo que ya nadie p
one en duda, sobre todo desde el punto de vista de las acepciones de la RAE que hacen alusión a una “situación complicada o dificultosa” o “escasez o carestía”. Coloquialmente lo podemos traducir como que nos hemos pegado un buen “sopapo”.
El problema que encierran las palabras polisémicas es no saber a qué se está refiriendo nuestro interlocutor al utilizar el mismo término que nosotros. Esto sucede con otro significado de crisis recogido por la RAE que se refiere a “juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente”, “cambios bruscos” o momentos claves”.
En cualquier caso, la diferencia esencial entre sopapo y crisis es que el sopapo es siempre negativo, es doloroso e implica sufrimiento. En cambio una crisis puede implicar una oportunidad, un periodo de cambio. Un sopapo nos puede hacer entrar en crisis, aunque no necesariamente sea así.
Cuando nos pegan / nos pegamos un sopapo, en el sentido literal de la palabra, lo primero que hacemos es tomar un analgésico, para que el dolor sea menor. Junto con el calmante vienen los antiinflamatorios, que sirven para combatir el daño, y el periodo de convalecencia, respetando las prescripciones médicas. Finalmente, solemos necesitar un periodo de fisioterapia para sanarnos completamente. Una vez estamos recuperados, analizamos sucedido y tomamos las medidas necesarias para evitar un nuevo sopapo, aunque, desgraciadamente, la sabiduría popular nos recuerda que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (como algo llamado puntocom).
Ahora es tiempo de analgésicos y antiinflamatorios (y quizá hasta de torniquetes en este caso). Es tiempo de rescates financieros, compras de activos, inyecciones de liquidez, ayudas públicas, planes de recolocación de trabajadores, etc., para controlar el traumatismo severo que tenemos, poder dejar el hospital y comenzar la rehabilitación.
En cambio, no es tiempo de que políticos que en los últimos años se han jactado de los éxitos económicos de base insostenible, atribuyéndose el mérito de los mismos, sean los que ahora no sólo no reconocen sus culpas, sino que además se postulan como los impulsores de un nuevo sistema económico mundial, basados en la muerte del sistema capitalismo, pero sin proponer alternativas claras.
Cuando estemos rehabilitados, vamos a poder ser conscientes de lo que realmente ha sucedido y por qué hemos llegado a esta situación. Ya sabemos que nos hemos pegado un sopapo e intuimos lo que nos ha llevado al hospital. Que hemos de ser conscientes que el egoísmo y la escasez de miras de una sociedad nos ha llevado a querer vivir por encima de nuestras posibilidades, que hemos basado nuestras esperanzas en axiomas falsos, como que el precio de la vivienda nunca iba a bajar, que las reglas e instituciones de control de nuestro sistema han fracasado y hace falta rediseñarlas, etc.
Todo lo anterior ya lo intuimos y el periodo de la crítica se va a ir acrecentando poco a poco, pero cuando alguien quiere empezar la rehabilitación sin que la herida esté completamente cicatrizada, corre el riesgo de recaídas. Por tanto, no creo que las grandes reuniones que se avecinan, como la del G-20 en la que tanto queremos estar, sea el momento de grandes elucubraciones filosóficas, sino de determinar actuaciones coordinadas para resolver lo más urgente.
En los próximos meses, es sano que se abra un debate en el que se analicen con profundidad las quiebras que se han producido en el sistema y las reglas del juego que queremos fijar a partir de ahora. Necesitamos tomar plena conciencia de lo que ha sucedido y de por qué ha sucedido. Hemos de asumir cada uno desde nuestra posición la parte de responsabilidad que nos toca, por actores o por cómplices.
En ese punto se verá si realmente el sopapo va a implicar una crisis o no. Si realmente estamos ante el inicio de un nuevo sistema, o si lo que realmente queremos es mejorar el sistema capitalista que contamos en la actualidad, aprendiendo de los fallos cometidos. Mi opinión es que va a triunfar lo segundo porque, queramos o no, es el sistema que nos gusta y es el sistema que nos gusta llevar al límite. Cuando baje el consumo de omeprazol veremos la respuesta.




