Jogo bonito
viernes, 30 de marzo de 2007 14:01
Confieso que mi admiración por Javier Clemente ha crecido notablemente con el paso de los años. Sigue sin gustarme su forma de entender el fútbol, ese 'patapum p'arriba' que inmortalizaron los Guiñoles. Tampoco comparto su nacionalismo vasco, algo lógico teniendo en cuenta que nací en Madrid. Pero me gusta su forma de afrontar la vida, siempre de frente, pase lo que pase y caiga quien caiga. Clemente no se corta ni se arruga cuando le entrevistan. Contesta lo que le pasa por la cabeza. En tiempos como estos, en los que todo el mundo juega a ser lo que no es y a esconder sus verdaderas intenciones, cuando los taimados y mentirosos llevan la voz cantante, se agradece que, de vez en cuando, Clemente irrumpa en escena como un elefante en una cacharrería.
Ayer le escuché en una entrevista en El Larguero. Preguntado por la situación política española, Javi tuvo una de esas frases geniales que nos regala ocasionalmente:
"Cuando era seleccionador y hablaba de ganar y vencer, la gente me decía que no era suficiente, que había que jugar bonito. Alguien debería decirles a los políticos españoles lo mismo, que no vale sólo con vencer, que hay que jugar bonito". Magistral, ¿verdad?
Después de que Clemente fuera seleccionador, ocuparon el cargo Iñaki Sáez, Camacho y Luis Aragonés. Antes de él, fueron seleccionadores Vicente Miera, Luis Suárez y Miguel Muñoz. Y a todos ellos les acompañó en las retransmisiones de TVE un tal José Ángel de la Casa. Tofiño, como le llaman sus amigos, es otro de los damnificados por el expediente de regulación de empleo de RTVE. Después de 34 años en la televisión pública y más de mil partidos narrados, De la Casa dice adiós.
Estoy seguro de que muchos españoles echaremos de menos sus narraciones. Hay quien le ha acusado de tener un estilo demasiado sobrio, incluso aburrido. A mí me gustaba más que el griterío y la histeria de que hacen gala muchos locutores actuales empeñados en convertir un partido de fútbol en una mezcla de circo, festival de la canción de Benidorm y concurso de chistes. Y, además, nunca podré olvidar sus gallos cuando cantaba el gol de Señor, el duodécimo de la noche, en el mítico partido ante Malta.
Sirva este modesto blog como homenaje a un gran periodista. Muchas gracias, José Ángel.
Ante todo, mucha calma
miércoles, 14 de marzo de 2007 11:49
Ha sucedido esta mañana. Yo iba en el Metro, camino del trabajo. El pasaje era el habitual: personas mayores, estudiantes, algún encorbatado en tránsito entre oficina y oficina, inmigrantes de diversos tonos de piel… Lo normal en la línea 9 a las 10.00 de la mañana.
He entrado en el vagón con precaución, vigilando los rostros de la gente, intentando atisbar en ellos algún rastro de odio o de indignación al menos. Ya antes, en el andén, mientras esperaba la llegada del convoy, me había situado un poco alejado del resto de viajeros, no fuera a ser que en cualquier momento estallara la pelea. Pero no ha pasado nada.
En Colombia se ha montado un señor bastante mayor, vestido con traje, chaleco, sombrero y bigotito recortado. Se ha situado de pie cerca de un chico unos veinte años, pelo con rastas, ‘piercing’ en el labio inferior y camiseta con la efigie del Che. El chico iba sentado, pero se ha levantado rápidamente y ha mirado fijamente a los ojos al anciano de bigote ralo. “Ya está, ahora se va aliar”, he pensado, pero no: el chico ha cedido amablemente su asiento al anciano y este se lo ha agradecido.
Nos hemos bajado casi todos los pasajeros en Plaza de Castilla. No ha habido gritos de unos contra otros, ni he oído a nadie exclamar: “¡se rompe España!”. Cuando he salido a la calle, me ha sorprendido un día radiante, un aire fresco y el olor a churros de un quiosco cercano. Me ha parecido un día muy alegre. Entonces he mirado el periódico que llevaba entre las manos y he vuelto a leer el titular a cuatro columnas, en grandes letras: “PP y PSOE se acusan mutuamente de la crispación social”. He tirado el periódico en la primera papelera que he encontrado.
Carretera y manta
sábado, 10 de marzo de 2007 15:13
El otro día compré en una gasolinera una guía de carreteras editada por una distribuidora de combustibles española a la que todo el mundo conoce pero a la que no voy a regalar ni un céntimo de publicidad. Llevaba algún tiempo queriendo renovar mi viejo mapa de carreteras y por fin esta semana me decidí.
Es curiosa la fascinación que sentimos los hombres por los mapas de carretera. Nos apasionan. No quiero pecar de machismo, pero presiento que a las mujeres no les ilusionan de igual manera. Supongo que será por la misma razón por la que nosotros no mostramos el más mínimo interés por las revistas de decoración.
En mi caso, la fascinación por los mapas de carretera no viene del hecho de que sienta con su posesión un poder especial ni una pretendida superioridad respecto al género femenino. Ya saben lo que dicen del presunto mal sentido de orientación de las mujeres y su no menos presunta incapacidad para interpretar un mapa. Desde mi experiencia como conductor puedo decir que de todo he visto, y en ambos sexos.
Lo que me atrae de los mapas de carretera no es lo que ofrecen (indicaciones, rutas, datos prácticos), sino lo que insinúan: kilómetros y kilómetros de alternativas, miles de pueblos y ciudades en los que esconderse, caminos rectos o revirados que lo mismo pueden llevarte a una playha solitaria como a una pequeña aldea de montaña. En una sola palabra: libertad.
Un mapa de carreteras debe consultarse cuando uno no tiene planeado ningún viaje en concreto. Entonces, ante la cartografía carpetovetónica atrapada en la retícula de papel desplegada ante nuestros ojos, uno imagina infinitas rutas, diferentes combinaciones de vías por las que transitar, locos itinerarios de cientos de kilómetros que nuestra vista recorre en fracciones de segundo.
Es como enfrentarse al mapa del tesoro, solo que aquí la cruz la situamos a nuestro antojo, donde queremos. Y en lugar del cofre repleto de doblones de oro, el tesoro puede ser una ciudad de hermoso casco antiguo, una iglesia románica, una catedral gótica, una bodega de vinos, un museo de pintura vanguardista, un parque natural, una reserva de aves, un hotelito con ecanto o un restaurante de excelsa cocina.
Por eso mismo no me gustan los GPS. Son muy prácticos, sí, pero le encadenan a uno a un único e inevitable destino. Y si intentamos sustraernos a él, una educada pero implacable voz femenina nos indicará constantemente que retornemos al camino adecuado. Lo dicho: creo que las mujeres no sienten fascinación por los mapas de carretera.
Josep María Huertas
lunes, 05 de marzo de 2007 17:08
En la madrugada del domingo 5 de marzo falleció Josep María Huertas Clavería. Es posible que este nombre sea desconocido para el gran público. Al fin y al cabo este periodista de 67 años de edad había desarrollado toda su carrera periodística en Barcelona y a este lado del Ebro era poco leído.
Huertas dedicó interminables horas de trabajo en las redacciones de ‘Signo’, ‘El Correo Catalán’, ‘Tele Exprés’, ‘El Periódico’, ‘Diari de Barcelona, ‘Avui’ y ‘La Vanguardia’ a descubrir a sus lectores su querida Barcelona, pero no la versión radiante, posmoderna y cosmopolita que ha acabado convirtiéndose en estereotipo del progreso y el diseño, sino una ciudad más escondida, soterrada si se quiere: la de los barrios obreros, las fiestas populares, los inmigrantes y las prostitutas.
Precisamente las putas le llevaron a la cárcel en 1975, cuando destapó en un artículo de ‘Tele Exprés’, titulado ‘Vida erótica subterránea’, que varias viudas de militares regentaban prostíbulos en Barcelona. Eran malos tiempos para la lírica, cuando una máquina de escribir era un objeto sospechoso, y criticar a la autoridad le podía costar a uno una buena temporadita a la sombra. Y así le sucedió al bueno de Huertas, que fue juzgado en un consejo de guerra bajo la acusación de injurias al ejército. Por supuesto, fue declarado culpable y condenado a dos años de prisión en la Modelo de Barcelona.
El ‘Caso Huertas’ se convirtió entonces en un todo un ejemplo del cambio que se estaba produciendo en una sociedad española que asistía entre incrédula y esperanzada a los estertores de la dictadura. La gente ya no aguantaba más las arbitrariedades de un poder autoelegido y perpetuado hasta la extenuación. En Barcelona se desató una movilización masiva de toda la prensa para pedir la libertad de Josep María.
Cabe pensar que hubiera pasado si Josep María hubiese sido madrileño y hubiese publicado su artículo en un periódico de la capital en lugar de en la libertaria y libertina Barcelona de la época. Posiblemente ni se hubiese llegado a publicar. Afortunadamente para Huertas y para tantas otras personas encarceladas por defender la libertad de expresión, el dictador murió y una amnistía le sacó de la cárcel a los ocho meses y veinte días de su ingreso en prisión. Después, Huertas siguió haciendo lo que mejor sabía: el periodismo. En la actualidad era decano del Colegio de Periodistas de Cataluña. Descanse en paz.
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