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RA otro tiempo. Ya lejano. Tiempo azaroso y sin embargo alegre para una juventud que sin apenas apercibirse, después de ser testigo de un enfrentamiento cainita se iba a convertir en protagonista necesario del resurgir patrio, completamente arrasado como consecuencia de aquella guerra de triste recuerdo.
Navidad de 1943, Año nuevo y… Reyes, culmen final a unos días de regocijo y buenos deseos de felicidad y paz, en los que aquella juventud carente de tantas cosas miraba extasiada la llegada de los Magos de Oriente. Ilusión ante la noche mágica, plena de unas perspectivas que con la llegada del nuevo día quedarían desvanecidas ante la prosaica realidad de una deliciosa torta de azúcar y una onza de chocolate para el desayuno; o a lo más un reluciente caballo de cartón o un rudimentario patinete. Pero aquel año fue distinto.
Integrado dentro de un nutrido grupo en la sección juvenil de la Cruz Roja Española, en su Asamblea local de Tomelloso, aquel 6 de Enero expresamente citados para compartir un desayuno de hermandad cuando en una vez finalizado fuimos sorprendidos con la entrega de unos bolsos dentro de los cuales, aparte una carta de felicitación del Presidente local, aparecía envuelto en celofán un precioso coche de plomo de color gris, otra bolsa con una docena de bolas de cristal, de colores, ahora les llaman canicas y… un libro. Lecturas de Oro era su título.
Naturalmente, el primer impacto fue aquel coche. Él y las coloridas canicas acapararon mi atención durante el resto del día. Pasaron varios días hasta que comencé .la lectura de aquel libro cuyo sorprendente título me intrigó, pese a todo. Poco a poco me fui adentrando en aquellas historias plenas de moralidad; moralejas que mi mente infantil iba asimilando de forma sorprendente, en especial aquella del desgraciado hijo del librepensador o la del humilde Juan que perdida la familia toda, luego de una azarosa vida de trabajo y lucha y no teniendo otra cosa que ofrecer al Todopoderoso, es la existencia propia la que le ofrece en su expresión suprema: [Señor aquí está Juan].
Sin embargo, el relato que quedó grabado de forma indeleble en mi mente fue el de aquel rey castellano que al regreso victorioso de una batalla acompañado de sus huestes, se tropieza en mitad del camino con un humilde labrador que al regreso de su jornada de trabajo se le había venido al suelo una rueda del carro, en vano intento de acoplarla para continuar su camino.
Sin dudarlo un momento, echando pie a tierra ordeno a varios de sus soldados que ayudaran al labriego, siendo su hombro el primero para ayudar a levantar el carro mientras otros acoplaban la rueda. Después ordenó a sus soldados que dieran escolta al labrador hasta que llegara a su pueblo a cuya entrada, echando de nuevo pie a tierra antes de despedirse de él le ofreció unas monedas y le deseó feliz descanso. Pasado el tiempo el libro desapareció, nunca más he vuelto a verlo, ya mayor lo he buscado por Librerías de viejo y… nada; pero aquellos textos me han acompañado durante mi ya larga existencia.
Ignoro si aquella sección juvenil de la eterna Cruz Roja continúa activa o desapareció, pero aquellas moralejas permanecen grabadas en mí de manera indeleble; renovadas de forma continuada cuando me llegan noticias de la actitud de esta, por tantas razones, noble entidad que en perfecta sincronía con sus postulados reacciona ante las grandes catástrofes de la humanidad con total entrega, pienso que ha valido la pena pasados setenta años, haberlos vivido para confirmar que aquella moraleja continúa vigente, sin alardes; que es como se conquistan reinos.
Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA al_hanbor@yahoo.es
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6. Jacobo se acuerda del R4 y aanttuofdamenre hace unos meses consegued salvar uno en buen estado. Dando por descontado que es simpe1tico y tiene todos los elementos de un coche justo donde tienen que estar, a med me fascina tambie9n su implementacif3n mece1nica. El motor este1 dispuesto al reve9s de lo normal, con el embrague y la caja de cambios por delante. Ased con quitar el capf3 -con bisagras como las puertas de casa- se accede a toda la mece1nica en cualquier lugar y con pocas herramientas. La suspensif3n trasera apenas roba espacio al maletero, para que sea una caja aprovechable en relacif3n al tamaf1o pequef1o del coche Para acabar, no me resisto a hablar de la apertura de puertas desde dentro: una chapa une el pestillo con el extremo contrario de la puerta. Se practica pues un agujero en la chapa y a1voile0! Se mete la mano y se actfaa sobre ella.
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