Madrid

ALAMBOR

Opinión

DECÍAMOS AYER... De la política y sus gentes

26/12/2009

E
N la Revista Vanity Fair aparece una entrevista realizada a Adolfo Suárez Illana, cabeza de lista por el Partido Popular en Castilla-La Mancha, en las Elecciones Autonómicas del año 2003. Asegura, categórico, que su concurrencia supuso para él un sacrificio enorme puesto que no era de la región, y añade que después de la derrota “se hizo responsable de ella y se echó toda la porquería encima”.
Cuando después de su personal revolcón electoral, algunas plumas del periodismo nacional escribían sobre su “espantá”, trataban este tema desde su personal perspectiva; en parte quizá acertada, pero sólo en parte, no sé si porque callaran algo o porque, es posible, que lo ignoraran. Pues aparte el mérito de su adhesión al “clan de Becerril”, poco más se le reconocía; de ahí la sorpresa, aparte el capricho de Javier Arenas con la aquiescencia de José María Aznar, según se dijo entonces.
Martín Ferrand en su artículo de ABC, “Invento de la pólvora manchega”, de 15 de junio, se preguntaba si existía algún compromiso aunque solo fuera moral, entre un candidato electoral y quienes le votan; y aseguraba que sí, que efectivamente existía, y que Suárez lllana se lo había saltado a la torera dejando a sus votantes sin la voz que deseaban para representarles en el parlamento regional.
Yo por entonces esbocé unas líneas al respecto, por supuesto discrepantes en lo que a la “afonía” de los votantes populares se refería el maestro Martín Ferrand. En ellas aseguraba que desde la realidad de esta marginada región, yo, ponía en duda que existiera un solo votante que hubiera optado por dicho candidato, caso de haber encabezado una Lista abierta. Y sacaba la conclusión de que en realidad, aparte el primer impacto, nadie en Castilla-La Mancha lo deseaba; es decir, que el fracaso de entonces del Partido Popular hubiera parecido gran triunfo comparado con el descalabro personal del neófito. El electorado de Castilla-La Mancha le dijo a Adolfo Suárez Illana con una claridad diáfana, que no le quería. Así de sencillo.
Cierto fue que en principio aquel nombramiento alumbró alguna ilusión, posiblemente más por el apellido -circunstancia para mí inexplicable-. Una ilusión que pronto se desvaneció. Aquello no podía cuajar habida cuenta de la actitud distante del neófito, el cual en lugar de buscar una adecuada coordinación con los presidentes provinciales y su organización, quizá mal aconsejado, se dejó influir por un ignaro en cuanto a los particulares problemas de cada provincia y,  de aquellos polvos…
Comidas o cenas selectivas, pagadas por los 50 o 60 asistentes, huir del calor del mitin en lo posible, escaso contacto con la prensa y un claro rechazo al contacto físico con la gente; aparte su distanciamiento de los presidentes provinciales, a los cuales pretendía alejar de los puestos de salida en las listas, según él porque era mejor apartarlos para que en las generales fueran en cabeza para el Senado.
Este era el personaje que ahora, cualquiera sabe porqué, trata de presentarse como víctima de una historia sin pies ni cabeza; responsable junto a quien lo impuso, de un descalabro en el cual arrastro a personas cualificadas y con experiencia política, conocedores de los problemas de nuestra región, que por sí mismos, cualquiera de ellos hubiera hecho un papel más digno ante aquel eternizado Bono.
Y éste era, el personaje que después del papelón, intentó coger las riendas del partido en Castilla-La Mancha, no sé si con el propósito de hacer de la región se feudo y así disponer a su antojo, para “limpiar la era”, estas fueron sus palabras, hasta llegar al total desmembramiento; quizá evocando pasados momentos ucedeos. No se daba cuenta que la era quedaba limpia con su renuncia. Bastó la clarividencia de uno de los presidentes provinciales, que evocando a aquel rey soberbio, en su momento tuvo la valentía de llamar a las cosas por su nombre hasta hacer ver que, efectivamente: “aquel rey” iba desnudo. Después llegarían los parabienes para este presidente provincial que a continuación puso el cargo a disposición del Comité ejecutivo, el cual no le fue aceptado, señal de que algo constructivo habría hecho en su provincia y también por la región. 
Esos son los valores que no tendría de desperdiciar ningún partido, pues su dignidad y entrega son la mejor carta de presentación ante el electorado; lo del señor Suárez Illana fue otra cosa, aparte su incompetencia. Su obnubilada soberbia no tuvo en cuenta al valenciano Furió y Cerriol, cuando en su obra “Los viejos principios federales de la Monarquía”, recuerda: <<Que el príncipe que tiene imperio en muchas y diversas provincias, debe elegir consejeros de todas ellas, y no de una o dos solamente>>. Quizá esa fuera la razón de su rápido declive.
        
Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA
al_hanbor@yahoo.es                                                                                                
 
 
 
 
 
  

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DECÍAMOS AYER... ¡Acabáramos!

20/12/2009

C
UANDO el pasado día 30 de Noviembre en el diario LA RAZÓN, leía la entrevista que el veterano periodista Jesús María Amilibia, le hacía a don Ignacio Carbajosa, Teólogo y Responsable del movimiento eclesial Comunión y Liberación, además de profesor de Teología en la Facultad de San Dámaso, me venían a mientes otros tiempos muy convulsos por cierto, y al compararlos con los actuales; en la mezcolanza sacaba la consecuencia de que, indudablemente mereció la pena ser testigo de aquellos, al menos para poder puntualizar hechos y circunstancias que los que no las vivieron difícilmente pueden afirmar, por muy doctos que se consideren.
Asegura el profesor Carbajosa, categórico, que la Iglesia española <<arrastra un lastre de mala imagen. En algunos casos justificada. Pues su apoyo al franquismo fue motivo de descrédito>>.  En otro momento, en comunión con lo expresado por Martínez Camino respecto de la ley del aborto, dice <<Que si se toma una posición contraria a la de la Iglesia se sale de la Iglesia por propia iniciativa>>. Ello no obsta para que a continuación asuma reservas respecto de la excomunión de aquellos políticos que pretendidamente católicos, voten a favor de leyes abortivas; pues él no firmaría esa frase, parece decantarse porque si quieren comulgar lo hagan en privado. Nunca públicamente
Naturalmente, respecto de dos caracterizados progresistas, católicos según ellos, dice que no quisiera verse en el trance de tener que darles o negarles la comunión; que en todo caso le gustaría verse con ellos “en otra situación”. Es decir, que sin estar a favor tampoco está en contra.
Cuando habla “del poder mal empleado” no aclara quienes son los que han utilizado mal el poder: si los políticos o la Iglesia, si antes o ahora; aun cuando intuyo que veladamente señala a ésta última dada su crítica por “el apoyo”, según él, que la misma dio al franquismo entonces, y “de ahí su descrédito”.
Y al respecto, cabe pensar que dicho apoyo se presta a una apreciación subjetiva, si tenemos en cuenta la situación en que quedó la Iglesia española cuando se produjo la sublevación militar origen de nuestra Guerra Civil. Sacerdotes hubo en los dos bandos, unos disfrutaron de unos privilegios que a otros les fueron negados, estos últimos perseguidos y masacrados mientras que los primeros, de acuerdo o  no con el levantamiento militar, sobrevivieron; y uno, en su condición de testigo de la Historia aunque mudo, cree firmemente que si existió apoyo fue al revés, pues al amparo del nuevo régimen la Iglesia española gozó de privilegios y tuvo oportunidad de reaccionar, y así reiniciar de nuevo su labor evangelizadora. Que acertara o no en el planteamiento, doctores tiene la Iglesia, nunca mejor dicho.
Porque, pienso yo, no sería Francisco Franco el que exigiría que la Iglesia le recibiera bajo palio en los desfiles procesionales o a la entrada de las Iglesias; o que él pidiera la facultad de su beneplácito a la hora de designar Obispos. Más bien me inclino por la teoría de que sería la propia Iglesia, en su deseo por devolver a Francisco Franco y al nuevo régimen parte de lo que antes había recibido, la que se amoldaría de forma conveniente a un sistema político que pese a quien pese, nos salvó a los españoles de una hecatombe, cuyo reflejo fiel todavía podemos comprobar a poco que dirijamos nuestra atención hacia aquellas naciones centro europeas que padecieron -alguna de ellas todavía trata de superar las secuelas-, la brutal pisada del ateo boto del comunismo soviético.        
Miro la fecha de nacimiento del hombre y ¡Acabáramos! Llegó con cierto retraso a su cita con la Historia, nació en 1967 y no cree en los Reyes Magos. Dada su formación, cabe pensar que bebió en fuentes de prístina clarividencia pero a su vez y quizá sin apercibirse de ello, pienso yo, su espíritu infantil lo fue abandonando por el camino.

          Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA         

                             al_hanbor@yahoo.es

  

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DECÍAMOS AYER... De aquellas tradiciones

05/12/2009

E
S posible que a estas alturas de la vida hasta resulte extraña la evocación de un tiempo ya lejano, en el cual el respeto formaba parte de un sistema de vida llamado convivencia. Un sistema que permitía al ser humano la plena armonía y entendimiento mutuo.
A su través, se daba forma a esa voz tan deteriorada posteriormente, según Ortega, llamada democracia; nacida para dar nombre a la doctrina griega favorable a la intervención del pueblo, no la chusma, en el gobierno de los pueblos.
De aquella convivencia se derivaba una confianza amplia en su más puro sentido. Tiempos tranquilos, pese a todo, aquellos en que formando parte de la norma era habitual encontrar en cualquier pueblo a altas horas de la noche una puerta abierta, empujarla y entrar previo aviso con el clásico llamador; y a la voz de ¡Quién vive! oír desde el interior un confiado ¡Quién va! que rápidamente era correspondido por un halagador ¡Gente de paz!
Corto pero precioso diálogo, ceremoniosa carta de presentación a través de la cual quedaban identificadas las partes. Unas tradiciones que no hace mucho todavía tenían carta de naturaleza en nuestra región; pero que emulando al poeta podemos decir que “son tradiciones que ya se fueron”,  y que para nuestro mal quizá para nunca más volver.
Sin razón aparente la memoria me traslada hoy a aquel tiempo, y dentro de él a aquellas tardes de los sábados cuando en el colegio la clase se destinaba a explicarnos Religión -aquí cabe añadir que la presencia en las aulas del Crucifijo nunca traumatizó  a ningún alumno. El que quiso hizo su primera Comunión y al que no la hizo nadie se lo insinuó siquiera-. Y en pura asociación de ideas al evocar el comportamiento de aquella juventud, cuyas carencias y secuelas en algunos casos nunca le hicieron perder la alegría por la vida; de ella se intentaba disfrutar superado sinsabores y privaciones, pero sobre todo apreciando de forma positiva lo poco de que se disponía.
Y en la evocación, me viene a la memoria una cuestión perfectamente asumida por entonces: el respeto hacia los mayores. Un precepto observado escrupulosamente que hacía honor a ese 4º Mandamiento; reflexión obligada, homenaje a su vez a aquella generación que menos preparada observaba firmes unos principios en los cuales la figura noble del abuelo era respetada en la medida que su experiencia y sabiduría eran Báculo y Guía; y cual senadores de la antigüedad, su opinión o consejo regulaba en cierto modo la vida familiar, y por extensión la de los pueblos.
El contraste con la actualidad es evidente. Aquella juventud o parte de ella –en especial aquella que no tuvo acceso a la Universidad- hizo cuestión de honor el proporcionar a sus hijos todo aquello de lo que ellos carecieron, y la consecuencia fue su acceso a un sistema antes elitista que les permitiera unas perspectivas de futuro más halagüeñas. En principio su lucha no fue estéril, los logros conseguidos permitieron que las nuevas generaciones llegaran a disfrutar de un nivel de vida superior; pero algo ha fallado, posiblemente en el deseo de ese mayor bienestar no se ha tenido en cuenta un riesgo inherente: una gran dosis de libertad, en muchos casos confundida con libertinaje.
Aparte ese porcentaje de juventud sana, que sí ha comprendido tanto esfuerzo, existe otro sector desinhibido o quizá mal encauzado, que desvinculándose de lo que la sociedad entiende por recto proceder ha entrado como elefante en cacharrería entregándose a una vorágine de despropósitos cuyas consecuencias repercuten en la sociedad toda. De las viejas tradiciones, resulta evidente, hemos derivado hacia unos modos y formas que están en contraposición de lo que la obligada convivencia exige.
Cuestión primordial a considerar es la recuperación de aquellos valores, y es a la sociedad toda a la que compete su restauración, si de verdad queremos evitar la degradación de un sistema de vida por cuya consecución tanto se quedó por el camino.
 
                                                                                     Juan Manuel RODRÍGUEZ MIRA
                                                                                                                         al_hanbor@yahoo.es
 

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